Desde hace varios años se viene expresando reiteradamente, en la Argentina , el deseo de mejorar la calidad institucional de nuestra vida política.
Incluso el llamado Diálogo Argentino , como se llamó a aquel loable intento de salir de la crisis que nos afectó a fines de 2001, propuso una serie de conclusiones, en la Mesa sobre Política , que auspiciaban una reforma más que necesaria, y que aún se hace esperar.
¿De qué se trata cuando hablamos de mejorar la calidad institucional de nuestra vida política? Se trata de promover la vigencia plena, el funcionamiento correcto de las instituciones de nuestro régimen republicano, con una participación correspondiente de la sociedad civil que no se limite al mero ejercicio electoral.
Este problema argentino viene de muy atrás; hay muchos indicios históricos de que siempre nos ha costado practicar un respeto pleno y sincero a las instituciones republicanas. Estaba leyendo los sermones de Fray Mamerto Esquiú, y me impresionó releer el que el joven franciscano pronunció, el 9 de julio de 1853, en la Iglesia Matriz de Catamarca, con ocasión de la jura, en esa provincia, de la Constitución Nacional recién promulgada.
Esquiú tenía sus reparos con la Constitución , sin embargo se dio cuenta de que la única salida para la Argentina de entonces era respetar la Constitución y respetarla seriamente. Por eso dijo: “El inmenso don de la Constitución hecho a nosotros no sería más que el guante tirado a la arena si no hay en lo sucesivo
inmovilidad y sumisión. Inmovilidad por parte de ella y sumisión por parte de nosotros” .
Quiere decir que la Constitución no puede quedar al arbitrio de los conatos humanos para cambiarla a cada rato. Podríamos decir nosotros: para burlarla elegantemente, para escamotearla, para manipularla a voluntad o hacer como si no existiera. A lo largo de la historia desde 1853, de que muchas veces la ley, y la ley fundamental, en la Argentina no ocupan el lugar que corresponde. No se ha convertido en instrumento de inspiración concreta y permanente de nuestra vida social y política, a partir del respeto que le dispensan gobernantes y ciudadanos. Es lo que Esquiú llamaba sumisión.
El juicio de Esquiú en ese momento era una toma de posición bien clara ante las posibilidades de no observar la Constitución. Decía : “Fácil es prever la eterna dominación de dos monstruos en nuestro suelo: anarquía y despotismo”.
Hay que meditar sobre ese juicio severo pronunciado por un gran patriota. La alternativa para no caer en la anarquía o para no vernos sometidos a cualquier forma de despotismo es el respeto incondicional a las instituciones de la República y su pleno funcionamiento, en una sociedad que sea cada vez más participativa.
Podemos definir mejor qué implica la calidad institucional de nuestra vida política, aunque basta atenernos al principio esencial de un Estado de derecho: la división de poderes. (sigue a la vuelta)
Es notable comprobar cómo la Doctrina Social de la Iglesia ha asumido este principio. En el “ Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia ” se cita un pasaje de la Encíclica “ Centesimus Annus ” de Juan Pablo II, donde se dice que “ El Magisterio reconoce la validez del principio de la división de poderes en un estado. Es preferible que un poder esté equilibrado por otros poderes y otras esferas de competencia que lo mantengan en su justo límite. Este es el principio del estado de derecho en el cual es soberana la ley y no la voluntad arbitraria de los hombres ”.
Hace unos años se oyen muchas voces críticas para señalar que es en este punto de la independencia recíproca de los poderes del Estado donde falla la calidad institucional de nuestra vida política.
Si así fuera, deberíamos preocuparnos. Sobre todo si tenemos en cuenta la ominosa previsión de Esquiú: la amenaza de la anarquía o del despotismo.+
Mons. Héctor Aguer, arz. de La Plata 10 de Mayo de 2008 |